
Como cada mañana a la hora del desayuno, Marcial hojeaba cuidadosamente los periódicos del día. Luego, mientras terminaba de saborear su café, recortaba con precisión quirúrgica las noticias de portada y también otras, que menos importantes, le parecían sin embargo curiosas.
Obsesionado con el orden, las clasificaba por fecha, materia y fuentes de origen en sendas carpetas que repletaban su salón.
A las 8 de la mañana en punto, Marcial tomó el metro en dirección a su trabajo. Bajo el brazo llevaba algunas carpetas que guardaba desde hace algún tiempo.
Una vez instalado en el vagón, y como era su costumbre, comenzó a escrutar los rostros de la gente. Intrigado, se preguntaba qué pasaría por sus mentes, cuáles serían sus historias, sus miedos, sus proyectos. ¿Qué música escuchaban aquellos conectados a sus ipods? ¿Hacia dónde iban ? Y por sobre todo, qué tipo de muerte les esperaba.
Dejó la estación y mientras caminaba hacia su oficina, miraba con atención los kioscos de diarios para ver si había dejado pasar algún titular interesante. Esa mañana, a través de un periódico local se enteró de que la noche anterior había habido un accidente en el metro. Hoy será un buen día, se dijo sin poder ocultar su sonrisa.
Saludando de un gesto al portero, subió las escaleras del gran edificio gris que albergaba su oficina. Mientas sacaba del locker su delantal blanco su colega del turno de noche se acercó a saludarlo.
- Vas a tener trabajo hoy.
- Así parece, contesto disimulando su entusiasmo.
A ojos de sus colegas, Marcial era considerado un espécimen raro, un tipo obsesionado por la pulcritud y exactitud metodológica en sus procedimientos. A sus espaldas lo apodaban « la mosca » en alusión a la sarcophagidae que se precipita a los cuerpos atraída por el olor a carne en descomposición. Marcial era visto como un apasionado de su profesión, lo cual no dejaba de causar cierto temor en su entorno.
Con sus carpetas disimuladas entre los dossiers que le correspondía tratar ese día, se dirigió a la sala de autopsias con la parsimonia propia de un artista que monta al escenario.
Con sumo cuidado Marcial preparó sus instrumentos y con destreza ejecutó su primera incisión del día.
Órgano tras órgano iba descubriendo a su manera los misterios de la vida del difunto. El examen de los pulmones, le permitía saber cuanto había fumado, el corazón indicaba el nivel de actividad física, el hígado la ingesta de alcohol. Otros detalles permitían descubrir la orientación sexual, si una mujer había o no tenido hijos, el tipo de trabajo físico realizado, las enfermedades que había padecido, entre otras tantas cosas. Lo que continuaba siendo un misterio era qué cosas habían pasado por las mentes de esas personas, que a pesar de encontrarse ahora expuestas hasta las entrañas, mantenían en secreto sus extintos pensamientos.
Hacia el final de la autopsia, Marcial procedía a examinar el cerebro. Luego de hacer una profunda incisión en la nuca, tiraba el cuello cabelludo hacia adelante y hasta la frente dejando al descubierto el cráneo. Con ayuda de una sierra vibradora cortaba en círculo la parte superior destapándolo como una calabaza. Duramadre, aracnoide y piamadre quedaban atrás y entonces, procedía a sacar el cerebro del cráneo.
Mientras lo pesaba, contemplaba absorto los pliegues de tejido y se preguntaba donde estarían almacenados los recuerdos, pensamientos y episodios tristes y felices de ese ser humano.
Impotente y siguiendo el protocolo, disectaba el órgano en varias partes buscando signos de patología. Lamentablemente la mayoría de los cerebros resultaba de poco interés. Las enfermedades mentales como la esquizofrenia, los trastornos bipolares o la sicopatía no registraban signo material alguno.
Ante los pedazos de tejido diseminados en la meza la existencia cerebral del ser humano le resultaba fatalmente efímera.
Absorto en sus pensamientos, Marcial procedió por último a introducir el cerebro destruido junto con las demás vísceras y órganos debidamente estudiados, medidos y pesados, en el gran corte abdominal que había practicado minutos antes.
Sólo quedaba entonces cerrar el cráneo y rellenar el hueco vacío del cerebro. En tiempos pasados, los legistas lo llenaban con huaipe. Con el tiempo la necesidad de hacer economías impuso el uso de hojas de diario.
Con el mismo cuidado que procuraba a sus incisiones, seleccionó una noticia de entre sus carpetas y ante el cadáver del que estimó haber sido un mendigo, introdujo el titular « Suiza levanta secreto bancario ».
Efímera como ese titular, la vida es efímera, efímera, efímera, murmuraba para si mientras limpiaba sus instrumentos.




